Después del parón vacacional y forzado, comenzamos la temporada dedicando unas líneas a un oficio extinto “los alimañeros”, espero que os guste. Un saludo.
Hace meses estuve hablando con una persona que se dedica a la caza, (que, para mí, es un tema bastante amplio y con tan diferentes puntos de vista que sinceramente no voy a entrar en ese trapo) y estuvimos comentando el problema que tenemos en diferentes zonas de Madrid con los conejos, esta persona me comentaba que no solo con los conejos, sino también con el zorro. Claramente, y sin tapujos, me decía… Habría que esconder huevos envenenados para que los zorros se los comieran, como hacían los alimañeros antiguamente… Además de quedarme perplejo ante tal barbaridad, me quedé pensando sobre quiénes eran estos alimañeros, qué técnicas utilizarían, etc. Me puse a investigar sobre el tema, y lo que encontré, ha sido más que unos cazadores desalmados (como inevitablemente pensé y que también los hubo), unos personajes muy ligados al lobo, quien sabe si unos estudiosos de este canido (del que llegaban a imitar sus aullidos perfectamente) o más bien otros hombres lobo, con una innata conexión a este mamífero. Quiero enfocar esta nueva entrada a la figura de estos alimañeros y lo que hay detrás de ellos, un oficio que hoy en día estaría criminalizado y en esto sí me mojo, y creo que con mucha razón.
La caza acompaña al ser humano desde tiempos remotos, ya sea por alimento, por lucha territorial o por motivos de defensa. En los años setenta, año en que se empezó a proteger a diversas especies, aún existió la figura de estos personajes. En España existieron más personas dedicas a este “oficio”, aquí solo he podido descubrir a unos pocos, pero curiosos individuos.
Que era un alimañero:
Alimañero: Guarda empleado en la caza de alimañas. Cazador, trampero. En 1953 el Decreto de 11 de agosto, más conocido como Ley de Alimañas, creó a nivel provincial las Juntas de extinción de animales dañinos y protección a la caza con el objetivo de establecer planes de lucha contra esos animales, suministrando el veneno y otros medios para matarlos.

La utilización de tóxicos sobre todo en la caza furtiva marca un antes y después en la relación del hombre con los animales, cuando estos, durante miles de años han estado más unidos de lo que están hoy día y por desgracia el furtivismo y este tipo de prácticas (aun estando penalizadas) siguen cobrándose la vida de especies tanto cinegéticas como protegidas.
Antes de convertirse casi por completo en una actividad “lúdica”, la caza era una actividad muy arraigada en toda la península. Su principal función era la de abastecer alimento a las familias, principalmente en los entornos rurales, la defensa del ganado doméstico y también el aprovechamiento a su vez de pieles, una forma de gestión que acompaña al ser humano desde épocas primitivas. Antes de que existieran organismos que gestionaran el campo, eran los propios paisanos los que llevaban a cabo estas funciones. Y bajo este contexto podemos encontrar al lobo como principal “enemigo”.
Es en la cornisa cantábrica es donde se ha recopilado más información sobre estos personajes. Actualmente, existe hasta un museo dedicado a ellos en Riaño, provincia de León, al sur de picos de Europa, y es normal que, en este enclave geográfico tan peculiar y agreste que es la cordillera cantábrica, la “lucha” hombre/animal cobrara una mayor importancia.
Vendían pieles de zorros, de mustélidos como la gineta, y de nutrias… eran excelentes rastreadores de huellas, grandes tiradores y conocedores del terreno.
La persecución de las especies consideradas «dañinas» presenta sus primeros registros documentados en los siglos XVI y XVII, cuando vieron la luz normas y reglamentos reales que impulsaban el exterminio de lobos. Los incentivos económicos fueron un rasgo común en las legislaciones de muchas comarcas de la Cordillera Cantábrica, como en la antigua Merindad de Campoo. José María Pereda o Juan Díaz-Caneja, describían es sus novelas y ensayos estas antiquísimas prácticas.
Enrique Sepúlveda y Planter (periodista y cronista español) en su obra <Desde Comillas: crónica del viaje regio en el verano de 1882>, narra lo siguiente: «Juan de Moradiello es un montañés entrado en años que siempre anda por los Picos á caza de rebezos, faisanes, águilas… á lo que sale, porque es un verdadero lobo de la montaña, un magnífico ejemplar del alimañero de las selvas bravas. El rey se fijó mucho el año pasado en este cazador primitivo, que iba armado con escopeta de chispa, repujada, es decir, recompuesta a trozos, por un herrero de Potes».
Hasta Alfonso XII se interesó en la figura de Juan de Moradiello, el cual, en referencia a cuáles eran las fieras que más temía, decía lo siguiente: «A la Guardia Cevil, porque me pide la licencia y no la pueo mercar».
En los siglos XVI y XVII los incentivos económicos fueron de la mano junto a la legislación que consideraba a ciertas especies dañinas. Es donde aparecen las batidas comunales y la figura del lobero (persona que cazaba lobos y recibía una remuneración por ello), cobra importancia. Por suerte las batidas comunales fueron prohibidas por Carlos IV (aunque parece ser que hasta los años 60 se han seguido practicando en zonas Palentinas) y se permitió al cazador individual que fuese el responsable de esta práctica y se fijaban remuneraciones económicas: hasta 60 reales por loba y 40 por ejemplares machos. También se empezaron a ofrecer cuantías por la caza de osos, gatos monteses, garduñas, etc.
No solo existían estas remuneraciones “oficiales” sino que estos cazadores utilizaban las presas como trofeo e iban mostrándolas por los pueblos.
La revista jara y sedal ofrece el relato de Martín Romero diciendo lo siguiente: << encontraron una camada de lobos allá en unas cuevas. Cogieron los lobeznos y estuvieron un mes exhibiéndolos de pueblo en pueblo. Cuando llegaban, se tocaban las campanas y los ganaderos les daban algo».
Los hermanos Ángel y Serapio Merino, de Resoba, cuentan lo siguiente en referencia al lobo:<Se le abría, le dejaban lo de la cabeza y la piel, se llenaba de paja o guata, lo echaban al cuello e iban por los pueblos a pedir. Les daban tocino, chorizo, lo que sería… Y luego, si a otro año no había lobos, pues con la misma piel repetían>.

El oso ha sido también otro animal considerado alimaña, plantígrado que pobló gran parte de toda la península. Creo que existe una diferencia entre los alimañeros expertos en trampas, huellas y herederos de un posible conocimiento ancestral, con los cazadores de osos (aunque hubiese personajes que se dedicaran tanto a la caza de lobo como a la de oso y demás animales), y esta diferencia se debe al uso armas más sofisticadas. En este artículo quería centrarme en la figura del alimañero y precisamente en el lobo, ya que estos últimos, son directos competidores con el ser humano. Ya hablaremos más adelante sobre el oso pardo ibérico, el animal más grande que existe en la península.
El hombre lobo de Miraflores de la sierra
Juan Miguel Marsella, en su libro “50 lugares embrujados de Madrid”, incluye la historia de lo que se podría considerar un alimañero.
El tío Francachela, así es como se conocía a Antonio Robledo Palomino (siglo XIX). Se cuenta que este personaje de la sierra madrileña de Guadarrama, gran sabueso y experto del monte, se cubría con pieles de lobo y se dedicaba a sustraer lobeznos, incluso en presencia de la madre. Los vecinos lo calificaban como “el hombre lobo bueno”, ya que no hacía daño al ser humano.
Extracto de «Los Cuentos de Ahigal. «Cuentos Populares de la Alta Extremadura» Domínguez Moreno, José María. Edit. «Guadalajara 2011»
En el sur de la sierra de gata hubo dos conocidos alimañeros: Víctor Morales, el “tío lobero de la Malena» y «el tío Grillo», de Descargamaría. Las correrías de Víctor Morales no terminaron hasta el año 1958. El mismo decía que en época cría efectuaba sus capturas, utilizando como única arma su bastón. Estos imitaban los aullidos, para conseguir la respuesta de la loba, lo que inevitablemente suponía el descubrimiento de la camada. Nunca fueron atacados por los adultos mientras sustraían los lobeznos. Gran parte de su economía doméstica estaba ligada a la existencia del lobo y, en consecuencia, resulta lógico que estos expertos «alimañeros», “loberos”, nunca pretendieran la total aniquilación de la especie. Por tal motivo, cuando localizaban una camada, siempre dejaban algún que otro lobezno “para que no se quedara el monte sin lobos y nosotros sin oficio”.
Con los lobeznos vivos, recorrían la zona y, en ocasiones, se trasladaban hasta más de cincuenta kilómetros mostrando sus víctimas en cada población y haciendo una petición de limosna correspondiente en ayuntamientos y casas particulares; sobre todo, las habitadas por pastores, por librar a los ganaderos de tan temido enemigo. Cuentan “haber visto ejemplares de lobos colgados en el balcón del ayuntamiento de Ahigal y al alimañero a su lado, con la boina en la mano, recogiendo en ella las propinas de los habitantes”. En muchos municipios, hasta los años sesenta, se contabilizan en la partida de los gastos los pagos o gratificaciones a alimañeros por sus capturas. A veces se daba la circunstancia de que paseaban la piel de lobo rellena de paja, consiguiendo pingües beneficios. Sin embargo, este tipo de exposición movió a la picaresca.
El hurdano Antoñón
A principios del siglo XX, este alimañero guardaba un pellejo de lobo al que untaba con tocino, y con él, cada poco tiempo, como si de una nueva captura se tratase, recorría los pueblos de la tierra de Granadilla haciendo cuestación. Ante la reiterada presencia de Antoñón, los comentarios se centraban en que semejante lobo había dañado, los bolsillos más de muerto que de vivo.
En Asturias existieron alimañeros como «Domingo el lloberu» (Domigo el lobero) Domingo calvo teston.
Me parecía interesante empezar la temporada incluyendo a este personaje, y añadir un misterio más a la relación del hombre con el lobo. Quién sabe, si esta innata conexión ancestral de algunos de nuestros antepasados haya influido en la creación del mito del “hombre lobo”, o no. Pero personalmente creo que puede ser una pieza de lo que hay detrás de él, en algunos casos.
Miguel Ortiz.

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