Parece, que los relatos populares que antes de la masiva utilización de las tecnologías corrían de boca en boca, han pasado a ser cosa del pasado. Ahora bien, todavía en alguna tertulia entre amigos o familiares, es común que en alguna ocasión se trate el tema de las conocidas como leyendas urbanas. Ya hemos hablado de ellas y contado algunas incluso haciendo referencia a algún libro, pero de vez en cuando publicaremos entradas relacionadas con el tema. Lo que antes con un poco de sentido común (sin ser unos eruditos) podíamos resolver, e incluso tomárnoslo con humor y tener certeza de encontrarnos ante una fábula o no, ahora en una sociedad completamente sesgada nos podemos topar con que hay personas que ante una nueva leyenda, unos hacen religión de ello (aunque no podemos olvidar, qué gran parte de las tradiciones que están ligadas al ser humano nacen de leyendas), y otros de forma despectiva, lo denominarían como “bulo”. Y es triste por varias razones: la primera porque el relato y el calor en torno a él están desapareciendo por completo, incluso el mal uso de las tecnologías contribuye a ello, y segundo porque parece que estamos perdiendo esencia como grupo social y sobre todo sentido del humor.
Vamos a por estas leyendas urbanas, que aún hemos podido rescatar.

Hebras de plátano colocan.
Desde los años setenta hasta finales de los noventa, fue popular esta leyenda y todavía nos podemos encontrar con gente que afirma haber consumido (mezclado con tabaco) hebras de plátano secas, liar un cigarrillo y fumarlo, y así obtener un colocón parecido al producido por el consumo de thc (sustancia que generan las plantas de marihuana y que, dependiendo de su forma de consumo genera efectos psicotrópicos).
Quien dio fama a este mito fue William Powell en su libro “cocina del anarquista”, publicado en 1971. Llegó hasta tal punto, que en una manifestación hippie en Central Park se intercambiaron hebras de plátano, lo cual, levantó la curiosidad en las instituciones norteamericanas llevando a cabo investigaciones para evaluar sus posibles efectos. El resultado fue nulo. En la película “la mesa está servida” con unos jóvenes Tony Leblanc y Alfredo Landa, también se hace alusión a esta leyenda con la famosa “escena de los plátanos”. Para los que aseguran haberlas consumido y haber experimentado sus “efectos”, decirles que habrían notado su sabor afrutado, mezclándolo con tabaco, pero nada más.

La pandilla del coche y la paliza.
Se contaba que, si de noche conduciendo en carretera te encontrabas un coche que no llevaba puestas las luces y hacías una señal a este dándole intervalos con las luces, para avisarle de que no llevaba iluminación, este paraba, bloqueaba tu camino, e inmediatamente del vehículo bajaban unos personajes y te daban una paliza. Este mito (que parece sacado de una película de Stanley Kubrick) recorrió toda la península y parece que sigue vivo, aunque como ya casi todas las “leyendas urbanas” forma más parte del pasado que del presente. Quería incluirlo porque aún me ha llegado algún caso de encontrarse un vehículo en esta situación, y en vez de avisar al conductor contrario que no lleva iluminación, no se ha hecho por miedo a esta historia.

Chuletas de perro en restaurantes de la A2
Un bar, el cual no voy a decir el nombre, fue famoso a finales de los años 80 y principios de los 90. Y no por su amplitud en espacios o por otro tipo de comidas que pudiesen ofrecer, sino por sus conocidas chuletas de cordero. Las cuales supuestamente se descubrió que precisamente eran ¡chuletas de perro!, y no de cordero.
Mucha gente de los alrededores afirma haberlas consumido y haber sido “víctima” de esta estafa alimentaria y que, en aquella época, parece ser, los restaurantes cercanos a este, también proporcionaban chuletas de canido como si fueran de cordero. Realmente, si este caso hubiera sido cierto, hubiese ocupado portadas de diarios e informativos y eso no ocurrió.
A día de hoy y pasados muchos años de esta leyenda, si ponemos en Google: “Restaurante que vendía chuletas de perro en Madrid”, aparece dicha venta. Realmente le hace flaco favor, ya que sin duda nos encontramos ante una leyenda, pero… ¿Quién sabe lo que ocurrió aquellos años?, ¿Sería cierto?, ¿Alguien estuvo allí y las consumió?… Espero haber sacado una sonrisa con esta última leyenda al lector… Y para nada mi intención es dinamitar a dichos establecimientos de la periferia madrileña, estamos hablando de un mito ya pasado de moda.
Sin más, buen domingo y un saludo.
Miguel Ortiz

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