Un enigma entre antiguas creencias, fertilidad y rituales en la Sierra Oeste de Madrid

Un enclave mágico en la Sierra Oeste de Madrid
En esta ocasión nos movemos hasta la Sierra Oeste de Madrid, para no perder las buenas costumbres y continuar descubriendo enclaves «mágicos», esos vestigios de la historia que han pasado desapercibidos y que bien pudieron ser lugares de poder o adoración, o que simplemente guardan leyendas o misterios que creemos que deben ser compartidos. Este es el caso de la Piedra Escrita de Cenicientos.
Después de pasar el pueblo y conducir por una pequeña carretera que cruza estos encinares (lugar donde habitó el pueblo vetón), bajo el sol abrasador del verano, nos disponemos a continuar la marcha caminando hacia dicho lugar. La temperatura es elevada y el aire genera la sensación de encontrarnos en una sauna seca. Mientras caminamos, las únicas sombras disponibles que encontramos son las de algunas viejas higueras y encinas, que hacen menos sofocante nuestro recorrido.
Tras andar aproximadamente veinte minutos y cruzar un puentecillo de madera sobre un arroyo seco, ya se divisa esta mole granítica, como si hubiese caído del cielo y se hubiese quedado hincada sobre el terreno.
Este monumento rupestre, supuestamente de origen romano (datado en el siglo II d. C.), de cinco metros de altura por cuatro de anchura, alberga, tras el paso de los siglos, la talla de una escena bastante particular en la que aparecen representadas tres figuras humanas (en la cara del monolito orientada hacia el naciente), acompañadas de una res y una cabra.
Las huellas de un antiguo culto
Se han realizado varios estudios al respecto. El monumento fue recogido en la Carta Arqueológica de la Provincia de Madrid y divulgado por J. Mangas, S. Ripoll y J. J. Storch de Gracia en 1988. También cabe citar el estudio de F. Velasco y A. Fuentes, realizado por encargo de la Comunidad de Madrid.
Sin embargo, el estudio que vamos a tomar como referencia (muy similar a lo descrito por los demás autores) es el de Alicia M. Canto, cuya interpretación se expone en el panel explicativo situado junto a la senda que conduce a esta mole.
Cabe añadir que todos los autores antes citados sostienen la hipótesis de que nos encontramos ante un resto exclusivamente de origen romano.
Esto es lo que, según la investigadora, representa la escena:
De izquierda a derecha, una figura de mayor tamaño que representa a la diosa Diana, sosteniendo una jarra de libación. En la mitología romana, esta deidad representa la protección de las mujeres durante el parto, la virginidad y la castidad, además de ser la «señora de los bosques».
Tras transcribir la inscripción realizada en este hito, A-L-S. SIS… DIANAE, se interpreta como: «Siscinio cumplió de buen grado el voto a Diana».
<En el centro, una mujer con la cabeza velada tiende su pátera al altar y, a su lado, su esposo, vestido con toga, la acompaña en la ofrenda. Bajo la escena se distinguen, muy desgastados, los restos de una vaca y una cabra: las víctimas del sacrificio. La pareja, los ropajes y los atributos sugieren que aquí se veneraba a Diana Lucina. Un matrimonio cumpliendo, probablemente tras un nacimiento feliz, la promesa hecha a la diosa>.
Vamos a quedarnos con esta interpretación, ya que es a partir de ella desde donde vamos a trabajar y plantear la hipótesis de lo que podría esconderse detrás de esta mole.

Los animales y las figuras humanas
Según algunos historiadores, como Almagro-Gorbea y Diego Salvador Conejo, los lusitanos, vettones, astures, vacceos y galaicos proceden de un sustrato común. Aunque existen diferencias entre ellos, sí que hay una conexión.
La figura caprina:
Pues bien, para los pobladores de la zona occidental de la península, este animal formaba parte de su panteón y estaba vinculado a Ataecina, como diosa madre relacionada con la tierra, la naturaleza y la regeneración, la fertilidad que otorgaba no se limitaba únicamente a los campos y al ganado, sino que se extendía también a la fecundidad humana. Las mujeres de los pueblos prerromanos acudían a ella para pedir quedarse embarazadas y asegurar la continuidad de la comunidad.
Podemos dejar abierta la posibilidad de que sea la representación de la diosa de la fertilidad de estos pueblos, posteriormente subyugados por el Imperio romano. A la que asociaron con Prosperina (diosa de la mitología romana de la agricultura, la fertilidad y la primavera, además de ser la reina del inframundo), y que integraron y unificaron para integrar a Diana como «nueva deidad».
La vaca o toro:
Las tallas están tan desgastadas que apenas se perciben las siluetas de los animales, pero supongamos que ahí están. Podría tratarse de la figura de un verraco, cuya función sería la de actuar como guardián de la fertilidad colectiva, vegetal y animal. Frente a la roca, existe otra piedra alargada muy semejante a un verraco, esculturas zoomorfas representativas de los vetones (el pueblo prerromano de la zona).
Ya hemos hablado anteriormente de que la más grande de las tres figuras está vinculada a la diosa Diana y a la maternidad. Ahora bien, nos quedan las otras dos: un matrimonio. La diosa aparece junto a un hombre y una mujer, como si los protegiese o los guiase. Estos son para mi los menos «relevantes» en este artículo, aunque también obviamente, deberían de ser parte de estudio.

La pátera de libación: ofrendas, fertilidad y maternidad
Para los carpetanos, vettones y celtíberos, la pátera no era un simple utensilio doméstico, sino uno de los objetos litúrgicos más sagrados. Este cuenco circular y poco profundo actuaba como intermediario entre los seres humanos y las divinidades que regían los ciclos de la vida. Se utilizaba principalmente en los ritos de fecundidad y en los cultos de agradecimiento por los partos.
El acto central que se realizaba con la pátera era la libación: el vertido controlado de líquidos consagrados, como leche, vino, hidromiel, aceites o sangre de sacrificios, con el fin de propiciar la fertilidad de los campos, del ganado y de las familias.
Los sacerdotes alzaban estos platos ceremoniales en santuarios naturales y derramaban sus fluidos sobre altares y peñas sacras. Este gesto funcionaba como una fecundación simpática, mediante la cual los fluidos vitales «preñaban» simbólicamente a la Madre Tierra para asegurar la abundancia alimentaria de la tribu.
La pátera también desempeñaba un papel crucial en la intimidad y la supervivencia familiar ante el milagro del nacimiento. Las familias invocaban a las deidades protectoras de la gestación mediante el uso de estas piezas de orfebrería.
Antes del alumbramiento, se realizaban libaciones para pedir un parto seguro y rápido. Del mismo modo, después del nacimiento, si este había transcurrido favorablemente, se ofrecían libaciones en señal de agradecimiento.

Un posible santuario a la fecundidad
Bien, al principio dijimos que, para acceder al lugar, tuvimos que cruzar un pequeño puente de madera construido sobre un arroyo, situado a apenas veinte metros del monumento.
Partiendo de ese sustrato común citado anteriormente, compartido por los pueblos de la Céltica peninsular, y si nos fijamos en algunos santuarios relacionados con la fertilidad en la península, como el de Santa María del Trampal (Alcuéscar, Cáceres), también vinculado a la diosa Ataecina; el de Cueva Lobera (Jaén); el de la Virgen de la Velilla, en León; el de Peña de Francia, al sur de Salamanca, o los que existen en Galicia, observamos que todos se encuentran cerca de ríos, arroyos o manantiales.
Este es un aspecto que conviene destacar, porque ahí podría encontrarse el punto de conexión.
Lo que podemos contemplar en esta talla, según nuestra interpretación, es precisamente eso: que pudo ser un lugar de peregrinación al que acudir para solicitar a los dioses fertilidad, agradecimiento y protección, en la mayoría de los casos mediante ofrendas rituales.
Parece que en el santuario del Trampal sí se han encontrado restos óseos de cabras, ovejas y reses, lo que da pie a la teoría de que allí se realizaban sacrificios en honor a Ataecina.
En ese caso, cabría interpretar que lo representado en la roca podría ser una señal que indicase dónde debían llevarse a cabo estos sacrificios, y no una mera representación, sino una especie de «cartel» romanizado del culto que debía profesarse en aquel lugar.
Si nos basamos en los restos encontrados en los alrededores, únicamente se han localizado fragmentos de cerámica romana en las catas realizadas por F. Velasco y A. Fuentes. Pero no hay vestigios significativos de gran interés arqueológico de la romanización.
En la provincia de Cuenca, en Segóbriga, también podemos encontrar otro «templo» o lugar de culto dedicado a la diosa Diana, que guarda cierta similitud con el estilo utilizado en la talla de Cenicientos, que, a su vez, se encuentra en un enclave sagrado para los celtíberos. No olvidemos que Segóbriga fue la caput Celtiberiae (la «cabeza» o el inicio de la Celtiberia).
El oso, Artio y la memoria de los antiguos pobladores
<En la parte trasera del monolito, una serie de oquedades dispuestas en óvalo podrían representar la huella de un oso, animal sagrado tanto para Diana como para Artio, la diosa oso de los antiguos celtas. Por aquí pasaba la frontera oriental de la provincia romana de Lusitania>.
En la zona los osos se extinguieron alrededor del 1700 d. C., o sea, hace poco más de trescientos años.
Si barajamos la posibilidad de que las oquedades de la parte trasera se asemejen a la huella de la mano de un plantígrado, que, si es sabido que los romanos asociaron a Diana y, a su vez, también a la diosa celta Artio, ¿por qué no podemos poner sobre la mesa la posibilidad de que la invasión romana transformase este lugar, incorporando también una cabra y una res como animales sagrados de los pobladores de la zona?
.¿Podría el verraco que se encuentra a escasos metros haber sido sustituido simbólicamente por esta piedra para romanizar las creencias populares, al igual que se hizo posteriormente con la inscripción que cita «A las Tres Marías»?
Volviendo a la deidad Artio, no existe en España registro de veneración con ese nombre exacto. Sí que hay restos arqueológicos tanto en Aragón, en el norte peninsular o en Guadalajara, que comparten los sufijos de origen celta Ar, Art (oso), pero, en la Hispania interior, adoptaría el nombre de Arconi, aunque pudiera existir alguna variación (como Artahe). La raíz fue común y aún pervive, por ejemplo, en el euskera, Hartza o Artza (oso o lugar de osos).

¿Un antiguo código pastoril?
<Tiempo después, un pastor debió de aprovechar la pared casi recta de la roca para construir un refugio. Los pequeños agujeros que aún se ven a media altura sujetaron su tejadillo, y el ennegrecimiento del granito delata las hogueras que allí encendió. Después, durante dos siglos, la piedra volvió al silencio del encinar>.
Tampoco me gustaría descartar esa posibilidad, no sin antes añadir que toda esa zona, desde hace milenios, es paso de la trashumancia y, como dice el texto, ahí hubo un refugio de pastores.
La posibilidad de que además sea un código pastoril de aviso «zona de osos» no es descabellada. Que cumpliese una doble función.
De «piedra sagrada» y Diana, a las Tres Marías
<Mil años después, en plena Edad Media, el lugar seguía considerándose especial. Gentes del entorno retocaron las antiguas letras hasta hacerles decir «A las Tres Marías», reinterpretando las tres figuras como las del Evangelio.
Junto al monolito surgió una aldea con su ermita, Nuestra Señora de Piedra Escrita, construida en el siglo XVI y abandonada definitivamente en 1720. De aquellos siglos quedan, esparcidas por los canchales del entorno, más de treinta tumbas excavadas en la roca>.
No podemos pasar por alto dos detalles muy importantes: el primero es que los romanos también practicaban la «libación» y el segundo, que eran un pueblo altamente supersticioso y temían al «genius loci «, al que consideraban el «dueño espiritual» de los lugares sagrados de los pueblos que invadieron. Y que estos, en la península, adaptaron sus divinidades a las ya utilizadas por los indígenas.
Un enclave que merece ser protegido
Lamentablemente, este particular resto arqueológico y, sin lugar a duda, «enclave místico» y fronterizo se encuentra prácticamente en el abandono.
Una buena idea podría ser protegerlo de la intemperie para poder realizar muchos más estudios, algo que, en mi opinión, merece dada su singularidad dentro de la Comunidad de Madrid.
Miguel Ortiz
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